18 ago. 2015

Mis escritos: Escrito en las estrellas



Estábamos destinados a estar juntos. Estaba escrito en las estrellas, en la arena y en cada historia de amor que existía. Pero nos encontramos demasiado pronto. Pasamos la infancia juntos. Solíamos festejar nuestros cumpleaños el mismo día, inclusive llevábamos la misma mochila al colegio. Toda nuestra vida estaba entrelazada en un gran embrollo del cual era imposible salir.
Tu casa era mi casa y mi casa era tu casa. Pasábamos los veranos en la casa de tus abuelos jugando entre los eucaliptos y cazando luciérnagas.
Para cuando llegamos a la adolescencia ya nos conocíamos lo suficiente como para no enamorarnos. Pero lo hicimos de todas maneras y ese fue nuestro error. A veces es mejor no conocer a la otra persona. Esa es la magia del amor ¿No? Ir conociéndose de a poco, detalle a detalle, y entre sonrisas enamorarse. Nosotros nos salteamos todo el protocolo. Un día nos levantamos y nos dimos cuenta de que ya no nos sentíamos de la misma manera. Simplemente sucedió.

Recuerdo que me besaste bajo la casa del árbol en donde tantas veces nos habíamos escondido, tanto siendo niños como ya grandes cuando nos peleábamos con nuestros padres y sentíamos que el mundo era un lugar de lo más injusto.
Las paredes de esa casa, construida por tus hermanos, estaba repleta de historias, recordaba todos los secretos que habíamos compartido.
Me besaste en un arrebato de locura y valentía. Lanzaste tantos años de amistad al vacío con solo un roce de tus labios. Tu boca sabía a miel y libertad. Tus manos me anclaron al suelo y detuvieron el tiempo. Las estrellas brillantes, sobre nosotros miraron para otro lado e intercambiaron sonrisas cómplices. El cielo es el guardián  de los amantes y los finales trágicos.
Te devolví el beso y me acercaste más a ti, saltándote así la poca distancia que todavía existía entre nosotros.

A partir de ese beso el verano se convirtió en un torbellino de emociones y colores.
Me llevaste al cine y luego caminamos por las calles sin rumbo fijo. Terminamos en la vieja pista de patinetas que estaba desierta y nos adueñamos de ella. Bailamos sin música. Yo con mis sandalias bajas, tú con tus zapatillas gastadas. No necesitábamos nada, solo a nosotros mismos y las estrellas, nuestras fieles compañeras.
Esa noche yo llevaba un vestido azul con margaritas que flotaba a mí alrededor cada vez que me hacías girar. Y esa misma noche sentí que todo era posible, que inclusive las historias sobre princesas, besos y hadas madrinas podían no ser tan lejanas.
Más tarde cansados nos acostamos sobre el duro cemento y nos dormimos. Mi mejilla sobre tu hombro, tu respiración haciéndome cosquillas. 


El verano avanzó veloz y lento, todo al mismo tiempo. Entre miradas y mensajes secretos que dejabas en mi ventana el tiempo nos jugó una trampa.
El verano terminó en un atardecer anaranjado que se grabó en mi retina junto con la imagen de tu rostro bajo esa luz, tu mirada azul, la sonrisa fácil.
Te volviste hacia mí y me acariciaste la mejilla, antes de inclinarte y besarme. En ese instante el sol terminó de esconderse y el hechizo se rompió. Así como dieron las doce y Cenicienta volvió a ser una simple muchacha que huía, nuestro tiempo acabó y volvimos a ser la chica y el chico que siempre habían sido mejores amigos, solo que ahora ya habíamos quemado todo rastro de amistad.
A veces pienso que ese verano fue un regalo del destino, quizás la luna, eterna enamorada de las causas perdidas y los corazones rotos, se apiado de nosotros y nos regaló un poco de tiempo antes de que todo terminara.

Porque todo terminó. Lentamente.
El último año de colegio se volvió una pesadilla. Los pasillos que tan bien conocíamos eran ahora una trampa. No teníamos donde escondernos. Yo no podía mirarte a los ojos sin sentir que lo habíamos arruinado todo. Ya no teníamos posibilidad de volver el tiempo atrás. No había manera de recuperar la manera en que solías molestarme por mi falta total de coordinación o la forma en que nos tomábamos de la mano sin motivo y sin consecuencias.
Huimos de nosotros mismos todo el año entero. Tú te refugiaste en el rugby, en los partidos cada fin de semana y las fiestas con tus amigos para festejar las victorias. Yo me escondí detrás de mi trabajo en el café y ahorré todo lo que pude para irme del lugar que me había visto crecer.
Sin haberlo querido destruimos todas las paredes, puentes, techos y ventanas que habíamos ido construyendo a lo largo de nuestra corta vida. Tú eras mi hogar  y te perdí, por eso me fui y no volví la vista atrás.

El mundo era demasiado grande y misterioso como para no querer recorrerlo. Luego de empacar dieciocho años en una sola mochila me deje llevar por el viento. Cruce el océano y me interné en una galaxia muy diferente de todo lo que conocía.
Sola y asustada me alejé de todo lo que siempre me había rodeado y crecí de golpe sin tiempo para detener lo que me estaba sucediendo. Deje de ser la adolescente insegura que siempre tropezaba para convertirme en una persona audaz.
Trabajé, me mudé varias veces, conocí ciudades que no sabía que existían, me enamoré, cambié, me rompieron el corazón y volví a enamorarme.
Finalmente encontré mi lugar en una ciudad en la otra punta del mundo. Lo suficientemente lejos como para que los recuerdos de todo lo que habíamos vivido no me alcanzaran.
Una librería repleta de historias antiguas y personajes cascarrabias se volvió mi trinchera. Y otra vez comencé a construir paredes, ventanas y puertas. 


Y tú entraste por una de esas puertas. Estaba detrás del escritorio, prácticamente escondida tras una  pila de libros que aún tenía que ordenar, cuando escuché el tintineo de las campanillas.
Tardé un segundo en levantar la vista y necesitaste solo ese segundo para encontrarme y reconocerme. Llevaba el pelo corto y había empezado a usar gafas, pero de todas formas me reconociste. Más tarde me confesarías que fueron mis manos las que me habían delatado. “La forma en que sostenías el libro, como si fuera alguna clase de tesoro” me dirías “Te había visto hacer lo mismo un millón de veces”
Cuando fue mi turno de alzar la vista y encontrarte lo único que reconocí fue tu mirada. Te habías dejado la barba y llevabas una camisa rayada, pero tus ojos azules eran los mismos de siempre, los mismos en los que me había reflejado durante años, los mismos en los que tantas veces había leído lo que no habías hallado las palabras para decir. En ese primer momento reconocí un atisbo de sorpresa pero enseguida desapareció.
Me sonreíste como siempre lo hacías, como si fuera lo más sencillo del mundo y la historia comenzó de nuevo.
La primera vez no había funcionado porque nos conocíamos demasiado bien pero ahora éramos dos completos extraños. El tiempo y la distancia nos habían cambiado y el destino nos había vuelto a juntar.
Como ya te dije estaba escrito en las estrellas que éramos el uno para el otro. Solo tú podías darme el equilibrio que me tanta falta me hacía. Solo tú podías volver a encontrarme en un mundo tan grande y misterioso. 

 Quiero escuchar sus opiniones!

4 comentarios:

  1. Enhorabuena ¡Es muy bonito! Me gustan este tipo de historias cortas, son bonitas pero te hacen pensar.
    De verdad, sigue así, me ha encantado ^^

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  2. Ayyyyy Cati me ENCANTÓ. Es hermoso lo que escribiste, de verdad hermoso. Me encanta cómo escribís. Y como romántica que soy me hiciste flotar con esta pequeña pero tan bella historia, me encantaría leer mucho mas de esto. Sería una idea genial para un libro.
    Escribís precioso. Las oraciones que armas, las palabras, parece poesía. Me encanta ♥
    Seguí escribiendo ;)
    un beso

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  3. Ohhhhhh Cati!
    Tus historias siempre me emocionan. Tengo los ojos lagrimosos ya.
    Me encantó, re linda la historia. Si bien no creo mucho en el destino, en historias como estas quizás si se trate de eso. Y me hace acordar a un libro de Sheldon (por el tíitulo más que nada).

    Que andes bien.

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  4. Woooww! ¡Es muy hermoso!
    Es la primera vez que paso por tu blog y leo esto y... es precioso!
    La verdad, escribís muy bien y por favor seguí haciéndolo :)

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Ray Bradbury