16 ene. 2016

Cualquiera hubiera creido que fue su madre



Son las 3 de la mañana y él avanza por la avenida de palmeras. Lleva una gorra blanca a pesar de que no hay sol y va sin remera. Tiene los brazos y el pecho bronceados, tal vez de trabajar al sol. Llega a un cruce pero no disminuye la velocidad. La calle es suya, la noche se mantiene en silencio, excepto por las explosiones de su moto. Otro cruce y sigue sin desacelerar. En el tercer cruce un fantasma aparece en el medio de la calle. Clava los frenos y las llantas marcan el asfalto como si sangraran.

Frena a un centímetro y el hombre se queda paralizado en el medio de la calle con un cigarrillo en la mano derecha, que le tiembla. Del susto o de otra cosa. Algo que la pasó antes.

-Pelotudo – muerde entre dientes el de la moto. Lo deja pasar y avanza. Un par de cuadras más adelante frena. 

Están todos en el estacionamiento del banco. Dos bicis, tres motos, un auto con las puertas abiertas y la música encendida. Es la canción que está de moda ese verano. Es la canción que se lleva el viento y se cuela por la ventana del segundo piso de la casa que está en frente.  En la quietud de la habitación la música es una intrusa. 

La chica en la cama se revuelve contra la almohada. Molesta con el calor, los mosquitos y hasta con su propia piel. Y también con la música. La música que se lleva el viento y se cuela cada noche.

Por la mañana la despierta otra música que esta vez se cuela por debajo de la puerta. Es la radio de su madre que está en la cocina. Baja corriendo y desayuna y sigue corriendo hasta la parada de colectivo y luego una cuadra más hasta que alguien la ve y le avisa al chofer.

-Frene que hay una chica – grita alguien desde el fondo. 

Ella sube sin aire y se sienta en un asiento vacío. Saca el cuaderno y se pone a resolver los ejercicios que no terminó la noche anterior. Es la única de sus amigas que tiene que hacer el curso de ingreso para la universidad en febrero. 

Llegan a la siguiente parada y sube un chico que se sienta a su lado. La golpea en el codo y le hace hacer un rayón en la hoja. 

-Perdón – dice pero ella no escucha o hace como que no escucha para no distraerse. 

Él se pone los auriculares y se olvida de la chica que tiene a su lado y se pone a pensar en ella. Ella con sus amigas en la playa. Ella bronceada. Ella bronceada y borracha. Ella con otro. Sabe que ella nunca lo engañaría. Pero no puede dejar de imaginárselo. Él le prometió que nunca lo haría y lo hizo. Pero eso fue hace mucho cuando hacía solo unos meses que estaban saliendo. Desde entonces no puede dejar de pensar en ella engañándolo.

-Es el peso de la culpa – le dijo uno de sus amigos. 

Se baja en la terminal y la ve a lo lejos. Esta bronceada y más bonita de lo que la recordaba. El pelo más claro y una valija floreada a su lado tan grande que la hace parecer casi una niña. Está hablando con una de sus amigas, pero igual se acerca. Ella sonríe y se acerca para abrazarlo pero él la detiene con un:

-Tenemos que hablar.

La sonrisa se esfuma y sus amigas dan un paso al costado para dejarles espacio y poder seguir escuchando sin parecer tan obvias. La de pelo oscuro ve a su padre, lo saluda y se vuelve hacía sus amigas:

-Me voy, pero después me cuentan todo.

Se aleja y abraza a su padre que está hablando por teléfono y no cuelga, solo le da un beso en la frente y se dirige hacia la camioneta. Ella sube la valija de color verde lima en el asiento trasero y se sienta adelante. Su padre sigue hablando por teléfono mientras maneja, ahora está enojado y discute por algo. Ella se distrae mirando por la ventana. Las casa de su barrio, la despensa de la esquina y finalmente la casa de su madre. Su padre estaciona y corta. 

-Esta semana te quedas con tu mamá – otro beso en la frente – Nos vemos la semana que viene.

Ella baja y se pregunta si no habrá fingido la llamada para no tener que hablar con ella. Para evitar tener que decirle en la cara que la otra con la que se acaba de casar está embarazada. Porque él no sabe que ella ya sabe. Se lo dijo su madre cuando ella estaba en la playa, por teléfono y con la voz quebrada aunque fingía que no le importaba. 

La camioneta de su padre dobla en la esquina y ella se da vuelta furiosa pero antes ve a un niño que anda en bici por la vereda de en frente. 

Lleva el casco ridículo que de seguro su madre le obligo a usar, piensa ella y entra en la casa. Pero a él no le importa usar ese casco porque lo ha llenado de esos stickers que vienen en los chicles. Se compró una bolsa llena de chicles con sus ahorros y volvió corriendo a casa. Tiró todos los chicles a la basura, porque no le gustan, por supuesto y porque si los tira al pasto no se desintegran, y se quedó con todos los stickers. Ahora los tiene en el casco y vuelve a su casa con el paquete de té de limón que le pidió su abuela.

-Esta tarde vienen mis amigas a jugar al chinchón y yo me quede sin té de limón – se había lamentado su abuela mientras revisaba su caja de té.

Porque todo el mundo creería al verlo que fue su madre quien le obligó a ponerse un casco que él decoró con stickers. Pero no había sido su madre, porque su madre se había ido hacía ya mucho tiempo, antes inclusive de que él aprendiera a andar en bici. 

Tampoco podía haber sido su padre, porque su padre lo visitaba los sábados a la mañana y ese día era jueves. El resto de los días, su padre andaba distraído. Siempre llegaba tarde al trabajo si es que iba y por las noches no podía dormir. Así que salía a caminar con un cigarrillo que se consumía entre sus dedos y la mirada clavada al frente. Casi nunca se cruzaba a nadie. Quien iba a andar a esa era de la noche en la calle. Pero otras veces alguien se cruzaba en su camino y frenaba a solo un centímetro de él y decía por lo bajo algo así como “pelotudo”. Pero él seguía saliendo a caminar porque si se quedaba quieto no podía más que pensar en ella y en el día en que se había ido dejándolo solo. Con un hijo.

Y cualquiera al ver a ese niño creería que fue la madre la que le dio ese ridículo casco porque nadie va pensar que quizás ese niño ya no tiene madre, porque lo ha dejado hace ya varios años. Y nadie creería que vive con su abuela y que ha sido ella quien le ha regalado ese casco por su último cumpleaños.

Nadie creería esa historia.

Pero el problema no es que la gente crea, el problema es que la gente no sabe y entonces la gente asume.

1 comentario:

  1. Hola Cati!
    Ay me gustó cómo se fueron entrelazando las historias y que termine con la idea simple de asumir algo de la gente sin conocer bien su historia.
    Muy linda.

    Que andes bien.

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Ray Bradbury