7 abr. 2018

Un arcoíris con forma geométrica






Los pingüinos viven en un mundo blanco. La nieve es suave y resbaladiza, y el cielo suele ser tan celeste que a veces también se confunde con el blanco y pareciera que están dentro de una nube, o en el fondo del mar, donde todo es tan oscuro que casi podría ser blanco.

Pero a los pingüinos les gustan los colores. Todos, y mientras más brillantes mejor. Les parecen divertidos. En un mundo tan blanco, la aparición de colores genera formas, bordes, texturas. Es por eso que se pasan todo el invierno buscando formas de traer color a ese último rincón del mapa donde viven.

El último invierno encontraron una solución. Junto con el viento llegó un objeto liviano, tan liviano que hacía días que el viento lo venía arrastrando por kilómetros y kilómetros de soledad. Llegó hasta ellos ese pedazo de color, esa explosión de formas y texturas, un arcoíris con forma geométrica. Pero era muy liviano, tan liviano que temían que el viento se los robara y lo siguiera arrastrando, tan lejos que quizás terminara por dar la vuelta al mundo.

Entonces uno de los pingüinos, uno muy pequeñito que nunca había visto tanto color en su vida, propuso que lo ataran con algo para que no pudiera volarse. Buscaron y buscaron hasta dar con un pedazo de soga que alguna mano humana había dejado mucho tiempo atrás y lo ataron.

En seguida el pedazo de color se elevó por el cielo y todos los pingüinos alzaron la vista.

“Barrilete”, lo bautizó el pequeño pingüino.

Y desde entonces el fugaz barrilete surfea los cielos del sur, llenando tanto blanco con un poco de color y locura.


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