19 jul. 2019

Tres poemas



3 poemas para mi profesora de Expresión Escrita I:

I
mi profesora de Expresión Escrita I
me dice
que la última oración del párrafo
tiene que estar conectada con la primera.

todas las oraciones
tienen que estar conectadas
como puntos en un mapa.

todas las oraciones
tienen que volver al inicio
al punto rojo.

pero
¿qué pasa si no sé dónde quedo el punto rojo?

II
mi profesora de Expresión Escrita I
me dice
que la última oración
tiene que cerrar el párrafo.

perdón, profe.

no puedo atarme los cordones
cuando sé que estoy descalza.

III
mi profesora de Expresión Escrita I
me dice
que esto
lo que yo escribo
no es lo que ella busca,
que esto
lo que yo escribo
es poesía.

esto
lo que yo escribo
es poesía
porque todavía no sé
qué es lo que estoy buscando.


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10 jun. 2019

Cómo escribir todos los días



Clarice Lispector dice “la palabra es mi dominio sobre el mundo”. Haruki Murakami dice que “no acaba decomprender las cosas hasta que las pone por escrito”. Laia Soler dice que escribir le ha permitido ver “que no está rota”.

La escritura es todo eso y más. Escribir es estar en control, entender lo que ocurre y más importante entender lo que ocurre alrededor nuestro. Es por eso que es importante hacer de esta práctica parte de nuestra rutina. Incorporar las lapiceras, los cuadernos, las palabras a nuestro día a día. Para eso, les traigo un par de ideas.

1- Conseguí un cuaderno. Un cuaderno no muy pequeño, no muy grande, que puedas llevar a todos lados.

2- Establece un momento para escribir. Mañana, tarde, noche, mientras desayunas, en el viaje en colectivo, antes de irte a dormir. Tiene que ser un momento que te quede cómodo para que después te sea más cómodo respetarlo.

3- Olvídate de las críticas. Lo que escribís en ese cuaderno es solo para vos, así que no dejes que el miedo a las opiniones te detenga.

4- Hacete una lista de ideas/temas/disparadores creativos y tenela a mano para cuando estés en blanco.

5- Leé, leé, leé. Leer te va a dar ideas, te va inspirar, te va a mantener enamorado de las palabras.

Escribir como cualquier otra actividad lleva su tiempo. Al principio te vas a saltear tu momento de escritura diaria y vas a dedicar ese tiempo a hacer otras cosas, pero está bien. Lo importante es no desanimarse y seguir intentando. Luego la escritura se vuelve algo tan vital como respirar.

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29 abr. 2019

Nuevo Newsletter Literario



Entré a un museo y me detuve frente a un cuadro.

Sentada en el suelo, escribí un pequeño texto.

Convertí ese texto en la primera entrega del Newsteller Literario que acabo de lanzar.

Nunca hice esto y no estoy muy segura de cuáles son las reglas de juego, pero de todas maneras lo voy a intentar. Cada domingo voy a enviar un mail con relatos, poemas, opiniones, reseñas, disparadores creativos y todo lo que vaya surgiendo.

Si quieren sumarse, pueden dejarme su mail.

23 abr. 2019

Un cuento de terror que es un poema cursi


A la noche, me acuesto boca arriba y, mientras miro el techo, hablo sola. Lo hago desde que soy chica. Es una especie de rezo, pero que no pide ni agradece, es escribir en voz alta, pero hablando en voz baja. No cualquiera me puede escuchar.

De repente, en medio de este monologo escucho ruidos, pero sigo hablando. Hasta que un ruido en particular me corta la respiración.  

Hay alguien caminando afuera de mi ventana. Escucho sus pies sobre las piedras del camino. Son pies, pero también hay otra cosa, como si arrastraran algo. Mi cuerpo se paraliza y un calor me sube por el estómago hasta la cara. Es la clase de calor que siento cuando estoy pasando mucha vergüenza, pero está vez debajo del calor siento frío, un frío que no me deja mover.

Ya no hablo, solo escucho los ruidos de alguien moviéndose al otro lado de mi ventana.

Luego de un momento, sin prender la luz y caminando un poco agachada, salgo de la habitación y entro al cuarto de mis papás. Están durmiendo. Les hablo bajito para que no se sobresalten y para que quien está afuera no me escuche. Les digo que hay ruidos. Afuera. Que hay alguien caminando.

Salen de la cama. Mi papá va a buscar una linterna, mi mamá entra a mi cuarto. Ahora con ella al lado no siento tanto miedo. Espiamos a través de las cortinas y vemos que no hay nadie. Los ruidos han desaparecido. Salimos al frente de la casa con mi papá. No hay rastro de movimientos extraños en el camino de piedras.

Debe haber sido el Moro, mi perro, pienso. Siempre está haciendo pozos. Nos volvemos a acostar. Mi mamá se duerme en el momento que cierra los ojos. Mi papá y yo, cada uno en su habitación, nos tomamos un poco de tiempo para volver a dormirnos.

Mis latidos vuelven a su ritmo normal, hasta que escucho el siguiente ruido. Una explosión. En mi puerta. Mi habitación tiene tres puertas y la que da al living acaba de explotar. Como un cachetazo. Mi cuerpo se paraliza otra vez, mis pupilas se dilatan, mi ritmo cardíaco juega a la montaña rusa, el calor-frío ha vuelto. Me quedo quieta esperando que alguien entre a mi cuarto y con un cuchillo desafilado me descuartice. Sería el momento gore de la historia (quizás todo esto sea fruto de todos los cuentos de Mariana Enríquez que estoy leyendo).

Sin embargo, pasa un momento y nadie entra. Solo escucho a mis padres otra vez despiertos. Los escucho hablar bajito. Mi papá sale de la habitación y en calzoncillos cruza la casa y sale afuera. Me lo imagino en el parque, descalzo, con las piernas flacas y sin pelo, la linterna en la mano alumbrando hacia los árboles. Pero son todas imaginaciones mías. Yo todavía estoy en la cama. No hay nadie en la casa, pero igual no me puedo mover. Mi mamá entra en la habitación y le digo que ese ruido fue la puerta de mi pieza. El calor de la estufa la dilató y ahora que la temperatura bajó la puerta volvió a su lugar con un ruido estruendoso.

Mi papá vuelve a entrar a la casa. Suele tener problemas para dormir, así que toma una pastilla para el sueño. Hoy tomó la pastilla, pero igual le va a costar dormirse. Vuelven a la cama y yo me quedo sola en mi habitación. No me puedo dormir y no quiero hablar sola, siento que alguien me va a escuchar.

Así que pienso en vos.
Al lado mío.

Me abrazas
con fuerza
y me contas cosas aburridas
solo para que mi corazón
deje de latir tan fuerte.

yo te escucho
y me quedo dormida.

13 feb. 2019

CUENTO: Acuática (parte II)


Foto de @agoschenone

Su cuerpo se alinea con la superficie. Sus brazos se deslizan como guantes. Respira agua, pero no tose, suspira burbujas como palabras. Se mueve lentamente, con los ojos abiertos, buscando rastros de luz. Se da vuelta, aún bajo el agua, y ve cómo se dibujan las copas de los árboles, ondulantes por el viento de las olas. Le gustaría verse de arriba, a través de un vidrio cristalino. Quizás así pueda verse otra vez hermosa, volver a encontrarle sentido a su anatomía, sus costillas, sus pulmones, sus piernas. Ya no se mueve como antes. Ahora sobre la tierra se ha vuelto torpe, sin gracia. Sus pies resbalan y el resto del cuerpo los sigue. Pero en el agua se convierte en seda, pintura cayendo vertical por una pared. Su cuerpo se alinea con la superficie y si se viera desde la copa de los arboles, vería lo hermosa y asimétrica que sigue siendo.

Por las noches, cuando intenta dormir, todavía siente el movimiento del agua en su respiración.



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26 ene. 2019

CUENTO: Acuática

Foto de @agoschenone

La bikini azul cuelga de la pata de la cama y deja un charco de agua con cloro sobre el piso de madera. Lila, con las piernas separadas, respira adormecida por el calor asfixiante. Su cuerpo ha cambiado desde que la empujaron a la pileta. Fue a principios del verano. Estaba en el borde, la punta de sus pies flotando sobre el agua. El sol le daba en la nuca. Escuchaba la discusión de sus tíos como música de fondo. Su tía se puso de pie y el tono de su voz se volvió más agudo. Lila levantó la vista. En ese momento, su primo Lautaro pasó por detrás y apoyó una mano caliente y pegajosa sobre su espalda. La empujó con la fuerza torpe y apresurada de un chico de doce años. Lila cayó como un bloque de cemento. Todo su cuerpo golpeó el agua al mismo tiempo. Los pies, los muslos, el abdomen, los pechos, la frente. Las palmas de la mano intentaron, en un acto reflejo, detener la caída, pero se hundieron con el resto del cuerpo. Fue ese golpe seco de agua fría lo que le alteró el sistema.

Sus ojos cambiaron de azules a marrones barro. Sus pies se volvieron resbaladizos como si estuviera caminando sobre musgo. Sus costillas empezaron a abrirse en busca de aire y en los días de lluvia su boca comenzó a lanzar burbujas. Su novio, entre sorprendido y asqueado, rompió con ella. Cada vez que le quitaba la ropa se quedaba mirándole las costillas, el movimiento rítmico de su respiración. Su caja torácica se hinchaba como un globo y sus costillas se deslizaban, flexibles, bajo su piel. No se atrevía a tocarla. Se quedaba allí de pie mirándola como si fuera algo imposible de entender. A veces, ella también se siente extraña, pero se está acostumbrando. Ya no usa ojotas para no resbalarse y cuando llueve se apresura a apretar los labios. Siente como las burbujas se le acumulan en el estómago y se remueven molestas. En otro momento, hubiera pensado que eran mariposas, pero ya no cree en el amor. No está segura de que alguien vaya a volver a amarla. Eso la pone un poco triste, pero sabe que no puede hacer nada. Ya ha intentado revertir el efecto. Se ha lanzado al agua como una tabla de madera un centenar de veces. Ha probado en otras piletas. Ha tomado agua con cloro. Se ha sentado en el fondo de la pileta a esperar a que se le vaya todo lo acuático del cuerpo, pero no ha habido ningún cambio. Ya ha asumido que se va a quedar sola, viviendo en la casa de sus tíos mientras los escucha discutir. Pero al menos se ha encargado de su primo Lautaro.

Se lo ha llevado a pasear a lo profundo de la pileta y lo ha sentado en el fondo. Le da dicho que deje escapar todas las burbujas y que espere, que ella ya regresa. Lila ha salido del agua y ha entrado en la casa. Ha colgado la bikini azul en la manija de la puerta y se ha acostado. Desde principios del verano que el calor excesivo la adormece. 

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7 ene. 2019

Un viaje que nunca termina



Si hablamos de espacio, un viaje es un círculo. Salimos y (comúnmente) regresamos al mismo lugar. Si hablamos de tiempo, un viaje es una línea. Salimos de un lugar, pero es imposible volver del todo.

Salir del lugar que conocemos es algo así como viajar al espacio. Desde arriba, vemos la tierra como una esfera azul y verde. Cuando volvemos nos es imposible verla solo como una suma de ciudades y pueblos y llanuras y montañas. Ya hemos descubierto que somos solo un punto en la inmensidad del infinito. Cuando regresamos de un viaje no podemos dejar de vernos como una hormiga pérdida en un mar de pasto.

Cada vez que regreso a mi casa veo todo de una manera diferente. Busco excusas para volver a creer en la magia de las primeras veces. Quiero ver cada cielo como si fuera el último. Me olvido de mirar el piso de tanto mirar los árboles. Me olvido de que puedo tropezar. Recuerdo que tropezar es parte del camino.

Cada vez que regreso quiero volver a irme, pero en realidad, es que quiero seguir. Una vez que salís ya no podes regresar. Sí a un lugar físico, pero no a lo que eras antes de irte. Con cada viaje seguimos transformándonos. Seguimos sumando lugares y personas e historias que se nos meten dentro. Vemos la tierra desde las estrellas y de pronto no podemos ignorar la nitidez del azul y del verde, ya no podemos ignorar las voces que están a nuestro alrededor.

Los viajes requieren tiempo y espacio, requieren movimiento, requieren la decisión de nunca volver a ser el mismo.

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1 dic. 2018

Solo escribimos mentiras


(mi profesor nos pidió que escribamos una ensayo)


Le mandé un mail contándole lo que sucedió esa tarde de agosto en la que algo se rompió. Fue la primera vez que sentí miedo de verdad. Esa misma noche me senté a escribir lo que había ocurrido, pero no pude. Pasaron muchas semanas e intentos fallidos hasta que finalmente pude detenerme y escribir lo que había sentido esa tarde. Empecé con la palabra todavía: todavía me quema eso, todavía sigo sin entenderlo del todo, todavía me sigue dando miedo, todavía sigo sin saber si lo que escribí, es lo correcto.

No, no era lo correcto. Todo lo que escribí era mentira.

El tono del texto era demasiado trágico, seco, como una cachetada, una especie de lista de quejas. Al releerlo, me di cuenta de que lo que había escrito no era lo que había sucedido. Solo era una versión de la historia, distorsionada por el tiempo y la distancia. En su cabeza había otra versión, enfocada desde el otro lado de la vereda. Sé que cuando leyó ese mail fue como si mirara una película, vio la seguidilla de acciones desde afuera, no estando cómodo con lo que leía. De seguro, se preguntó si yo estaría hablando de otra tarde. De seguro, no creyó que yo hubiera podido sentir todas esas cosas y haber guardado tantos detalles: el ruido de la calle, el color de las paredes, el vértigo de saber que quizás no volveríamos a reírnos. 

Desde que releí ese mail, desconfío de todo lo que escribo, desconfío de mis propias oraciones. Me doy cuenta de que en el momento en que paso al papel cualquier hecho, por mínimo que sea, lo cambio. Deja de ser mío y se convierte en propiedad de este narrador que elijo sin siquiera planteármelo.  En Joyland, Stephen King dice “en lo que concierne al pasado, todo el mundo escribe ficción”. Mientras más tiempo pasa, más nos alejamos de lo que realmente ocurrió, todo se convierte en un relato de segunda mano que compramos de oferta.

Escribimos lo que vimos, lo que sentimos, lo que nos pareció que vimos, lo que nos pareció que sentimos. Es imposible escribir en tiempo real. Mientras más tiempo pasa, más huecos se forman en nuestra historia. Como agujeros en una remera, los sucesos se gastan. Entonces, tenemos que coserlos, ponerles parches, pequeños detalles que le den un poco de brillo o suspenso, un par de botones para que los pantalones no se nos caigan. Pero la relectura delata nuestras mentiras que de pronto brillan como luces de neón.

El escritor español, Kirmen Uribe reflexiona “es curioso cómo trabaja la memoria, cómo recordamos a nuestra manera, convirtiendo en ficción lo que en otro tiempo fue realidad”. Quizás sea culpa de nuestra memoria que es selectiva y luego convierte todo en ficción. Frente a la hoja en blanco nos entra el pánico de no saber todo y hacemos lo que mejor nos sale a los que escribimos: mentir. Es una especie de mecanismo de defensa. No podemos admitir que no estamos seguros, siempre tenemos que saber qué es lo que va a venir luego. Si nosotros vivimos algo ¿cómo no vamos a saber todos los detalles?

Pero hay un detalle que se nos escapa: la memoria tiene sus propias reglas. Recuerda solo lo que quiere recordar, lo demás lo elimina o lo guarda en un cajón demasiado alto, inalcanzable para nosotros. Por eso cuando escribimos una anécdota o un suceso real, dejamos el yo, pero lo alejamos un poco de nosotros, como si quisiéramos dejar entrever que quizás eso le pasó a otra persona, un amigo de un amigo, que quizás nos lo contaron, que quizás solo lo vimos desde el colectivo y por eso el relato esta un poco movido. Esos relatos en primera persona pasan a ser una foto que tomó alguien con poco pulso. La imagen está ahí, pero los bordes se difuminan un poco.  

Lo que ocurrió esa tarde de agosto me ocurrió a mí, yo tomé esa foto movida, pero lo que escribí pasó a pertenecer a un universo distinto donde flotan las historias que contamos. Ese terreno borroso en donde no podes decidir cual es la parte real y cual, la inventada. Este texto también pertenece a ese terreno. Ahora que lo releo ya no sé cuánto es real y cuánto, ficción. 

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2 nov. 2018

(re)leer



Releer es ese lugar seguro al cual vuelvo cuando me pierdo.

Cada lectura es distinta y siempre encuentro cosas nuevas, pero de todas maneras cada vez que abro un libro que ya leí siento ese mismo olor a invierno, a fuego, a aserrín, a humo. Es como reencontrarme con una foto vieja. Todo puede haber cambiado, pero al verla vuelvo a sentir lo que sentí ese día.

Releer es como viajar en el tiempo, es volver a un momento en que todo era más seguro y más simple. Dicen que todo tiempo pasado fue mejor. No creo que sea cierto, pero el paso del tiempo hace que parezca cierto. Por eso cada vez que releo un libro, siento que quiero volver a ese momento: la primera vez que abrí ese libro, la primera vez que vi un paisaje, la primera vez que vi la tierra desde el cielo.

Si nado en mi memoria puedo releer muchos de mis recuerdos y otra vez siento que todo tiempo pasado fue mejor. Pero quizás solo sea porque tiendo a olvidar las cosas feas.

17 oct. 2018

Merecemos una reescritura



Toda escritura merece una reescritura.

(lo escribo justo antes de dormirme y luego apago la luz)

Toda escritura merece una reescritura. Una segunda lectura, una segunda luz, otra opinión. Quizás me ocurra solo a mí, pero puedo ver todo desde distintos puntos de vista dependiendo el momento del día o de la semana, dependiendo del clima o de mi humor.  

No creo que haya una sola versión de los hechos. Creo que incluso una sola persona puede tener muchas opiniones, que incluso pueden chocar. Creo que podría reescribir todo lo que he publicado en este blog y terminaría diciendo todo lo contrario.

Toda historia esconde un millón de otras historias, como una flor con muchos pequeños pétalos. Solo tenes que dejar que pase el tiempo y los pétalos van a ir cayendo poco a poco. El tiempo hace que todo parezca más chico o más grande, más triste o más alegre.  

Todo lo que dijimos alguna vez puede dejar de ser cierto en un segundo. Solo hace falta una acción para que veamos las cosas desde otra perspectiva y, entonces, todo lo que escribimos se convierte en una mentira. Los diarios son un gran reflejo de eso. Solo hace falta releer entradas viejas y ver con cuánta intensidad sentimos lo que ahora nos parece tan insignificante.

El tiempo distorsiona todo. Lo mismo que la distancia. Y la lluvia y los vidrios y los espejos.

No creo que sea recomendable creer en lo que escribimos. Creo que hay que seguir leyéndonos como si leyéramos a otra persona y luego reescribirnos. Porque somos como una flor con un millón de pétalos que solo necesitan tiempo para caer y ser contados.



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12 oct. 2018

RESEÑA: Pasaje de ida (autores varios)




Si tuviera que elegir una frase de todo el libro, sería la siguiente: “Los escritores somos exiliados por naturaleza y por definición; extranjeros que todos los días, regresamos a la patria del libro que estamos escribiendo”, Rodrigo Fresan.

Creo que Pasaje de Ida trata un poco de eso, de cómo sin importar lo lejos que estén, los escritores siempre regresan a la escritura, ese hogar que nunca se abandona y siempre los acompaña adonde sea que vayan. El libro cuenta con quince escritos: cuentos, relatos en primera persona, crónicas, ensayos; todos atravesados por los viajes, los aeropuertos, las despedidas y la distancia. En todos vemos como lidia cada persona con lo distinto. Incluso en la ficción decimos nuestra verdad, bueno en estos textos, incluso en los que son de ficción, encontramos los testimonios de estos escritores argentinos que por algún motivo decidieron vivir en otro país.

Marcelo Luján dice que “cuando llevas más de una década viviendo en el extranjero, te empiezan a gustar cosas inexplicables porque tu vida hace tiempo que se convirtió en otra vida”. Estos textos son un reflejos de esas otras vidas que los autores se consiguieron cuando decidieron irse, esas realidades inexplicables que, de pronto, se convierten en sus realidades.   

La mayoría son textos cortos, ágiles, perfectos para leer en un viaje de colectivo o justo antes de dormir, para inspirarnos y soñar con tierras lejanas, para imaginar al menos por unas cuantas hojas lo que se siente estar lejos.

Pasaje de Ida es una puerta a el mundo de estos quince escritores que decidieron contar, a su manera, su vida como exiliados.


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