13 feb. 2019

CUENTO: Acuática (parte II)


Foto de @agoschenone

Su cuerpo se alinea con la superficie. Sus brazos se deslizan como guantes. Respira agua, pero no tose, suspira burbujas como palabras. Se mueve lentamente, con los ojos abiertos, buscando rastros de luz. Se da vuelta, aún bajo el agua, y ve cómo se dibujan las copas de los árboles, ondulantes por el viento de las olas. Le gustaría verse de arriba, a través de un vidrio cristalino. Quizás así pueda verse otra vez hermosa, volver a encontrarle sentido a su anatomía, sus costillas, sus pulmones, sus piernas. Ya no se mueve como antes. Ahora sobre la tierra se ha vuelto torpe, sin gracia. Sus pies resbalan y el resto del cuerpo los sigue. Pero en el agua se convierte en seda, pintura cayendo vertical por una pared. Su cuerpo se alinea con la superficie y si se viera desde la copa de los arboles, vería lo hermosa y asimétrica que sigue siendo.

Por las noches, cuando intenta dormir, todavía siente el movimiento del agua en su respiración.



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26 ene. 2019

CUENTO: Acuática

Foto de @agoschenone

La bikini azul cuelga de la pata de la cama y deja un charco de agua con cloro sobre el piso de madera. Lila, con las piernas separadas, respira adormecida por el calor asfixiante. Su cuerpo ha cambiado desde que la empujaron a la pileta. Fue a principios del verano. Estaba en el borde, la punta de sus pies flotando sobre el agua. El sol le daba en la nuca. Escuchaba la discusión de sus tíos como música de fondo. Su tía se puso de pie y el tono de su voz se volvió más agudo. Lila levantó la vista. En ese momento, su primo Lautaro pasó por detrás y apoyó una mano caliente y pegajosa sobre su espalda. La empujó con la fuerza torpe y apresurada de un chico de doce años. Lila cayó como un bloque de cemento. Todo su cuerpo golpeó el agua al mismo tiempo. Los pies, los muslos, el abdomen, los pechos, la frente. Las palmas de la mano intentaron, en un acto reflejo, detener la caída, pero se hundieron con el resto del cuerpo. Fue ese golpe seco de agua fría lo que le alteró el sistema.

Sus ojos cambiaron de azules a marrones barro. Sus pies se volvieron resbaladizos como si estuviera caminando sobre musgo. Sus costillas empezaron a abrirse en busca de aire y en los días de lluvia su boca comenzó a lanzar burbujas. Su novio, entre sorprendido y asqueado, rompió con ella. Cada vez que le quitaba la ropa se quedaba mirándole las costillas, el movimiento rítmico de su respiración. Su caja torácica se hinchaba como un globo y sus costillas se deslizaban, flexibles, bajo su piel. No se atrevía a tocarla. Se quedaba allí de pie mirándola como si fuera algo imposible de entender. A veces, ella también se siente extraña, pero se está acostumbrando. Ya no usa ojotas para no resbalarse y cuando llueve se apresura a apretar los labios. Siente como las burbujas se le acumulan en el estómago y se remueven molestas. En otro momento, hubiera pensado que eran mariposas, pero ya no cree en el amor. No está segura de que alguien vaya a volver a amarla. Eso la pone un poco triste, pero sabe que no puede hacer nada. Ya ha intentado revertir el efecto. Se ha lanzado al agua como una tabla de madera un centenar de veces. Ha probado en otras piletas. Ha tomado agua con cloro. Se ha sentado en el fondo de la pileta a esperar a que se le vaya todo lo acuático del cuerpo, pero no ha habido ningún cambio. Ya ha asumido que se va a quedar sola, viviendo en la casa de sus tíos mientras los escucha discutir. Pero al menos se ha encargado de su primo Lautaro.

Se lo ha llevado a pasear a lo profundo de la pileta y lo ha sentado en el fondo. Le da dicho que deje escapar todas las burbujas y que espere, que ella ya regresa. Lila ha salido del agua y ha entrado en la casa. Ha colgado la bikini azul en la manija de la puerta y se ha acostado. Desde principios del verano que el calor excesivo la adormece. 

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7 ene. 2019

Un viaje que nunca termina



Si hablamos de espacio, un viaje es un círculo. Salimos y (comúnmente) regresamos al mismo lugar. Si hablamos de tiempo, un viaje es una línea. Salimos de un lugar, pero es imposible volver del todo.

Salir del lugar que conocemos es algo así como viajar al espacio. Desde arriba, vemos la tierra como una esfera azul y verde. Cuando volvemos nos es imposible verla solo como una suma de ciudades y pueblos y llanuras y montañas. Ya hemos descubierto que somos solo un punto en la inmensidad del infinito. Cuando regresamos de un viaje no podemos dejar de vernos como una hormiga pérdida en un mar de pasto.

Cada vez que regreso a mi casa veo todo de una manera diferente. Busco excusas para volver a creer en la magia de las primeras veces. Quiero ver cada cielo como si fuera el último. Me olvido de mirar el piso de tanto mirar los árboles. Me olvido de que puedo tropezar. Recuerdo que tropezar es parte del camino.

Cada vez que regreso quiero volver a irme, pero en realidad, es que quiero seguir. Una vez que salís ya no podes regresar. Sí a un lugar físico, pero no a lo que eras antes de irte. Con cada viaje seguimos transformándonos. Seguimos sumando lugares y personas e historias que se nos meten dentro. Vemos la tierra desde las estrellas y de pronto no podemos ignorar la nitidez del azul y del verde, ya no podemos ignorar las voces que están a nuestro alrededor.

Los viajes requieren tiempo y espacio, requieren movimiento, requieren la decisión de nunca volver a ser el mismo.

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1 dic. 2018

Solo escribimos mentiras


(mi profesor nos pidió que escribamos una ensayo)


Le mandé un mail contándole lo que sucedió esa tarde de agosto en la que algo se rompió. Fue la primera vez que sentí miedo de verdad. Esa misma noche me senté a escribir lo que había ocurrido, pero no pude. Pasaron muchas semanas e intentos fallidos hasta que finalmente pude detenerme y escribir lo que había sentido esa tarde. Empecé con la palabra todavía: todavía me quema eso, todavía sigo sin entenderlo del todo, todavía me sigue dando miedo, todavía sigo sin saber si lo que escribí, es lo correcto.

No, no era lo correcto. Todo lo que escribí era mentira.

El tono del texto era demasiado trágico, seco, como una cachetada, una especie de lista de quejas. Al releerlo, me di cuenta de que lo que había escrito no era lo que había sucedido. Solo era una versión de la historia, distorsionada por el tiempo y la distancia. En su cabeza había otra versión, enfocada desde el otro lado de la vereda. Sé que cuando leyó ese mail fue como si mirara una película, vio la seguidilla de acciones desde afuera, no estando cómodo con lo que leía. De seguro, se preguntó si yo estaría hablando de otra tarde. De seguro, no creyó que yo hubiera podido sentir todas esas cosas y haber guardado tantos detalles: el ruido de la calle, el color de las paredes, el vértigo de saber que quizás no volveríamos a reírnos. 

Desde que releí ese mail, desconfío de todo lo que escribo, desconfío de mis propias oraciones. Me doy cuenta de que en el momento en que paso al papel cualquier hecho, por mínimo que sea, lo cambio. Deja de ser mío y se convierte en propiedad de este narrador que elijo sin siquiera planteármelo.  En Joyland, Stephen King dice “en lo que concierne al pasado, todo el mundo escribe ficción”. Mientras más tiempo pasa, más nos alejamos de lo que realmente ocurrió, todo se convierte en un relato de segunda mano que compramos de oferta.

Escribimos lo que vimos, lo que sentimos, lo que nos pareció que vimos, lo que nos pareció que sentimos. Es imposible escribir en tiempo real. Mientras más tiempo pasa, más huecos se forman en nuestra historia. Como agujeros en una remera, los sucesos se gastan. Entonces, tenemos que coserlos, ponerles parches, pequeños detalles que le den un poco de brillo o suspenso, un par de botones para que los pantalones no se nos caigan. Pero la relectura delata nuestras mentiras que de pronto brillan como luces de neón.

El escritor español, Kirmen Uribe reflexiona “es curioso cómo trabaja la memoria, cómo recordamos a nuestra manera, convirtiendo en ficción lo que en otro tiempo fue realidad”. Quizás sea culpa de nuestra memoria que es selectiva y luego convierte todo en ficción. Frente a la hoja en blanco nos entra el pánico de no saber todo y hacemos lo que mejor nos sale a los que escribimos: mentir. Es una especie de mecanismo de defensa. No podemos admitir que no estamos seguros, siempre tenemos que saber qué es lo que va a venir luego. Si nosotros vivimos algo ¿cómo no vamos a saber todos los detalles?

Pero hay un detalle que se nos escapa: la memoria tiene sus propias reglas. Recuerda solo lo que quiere recordar, lo demás lo elimina o lo guarda en un cajón demasiado alto, inalcanzable para nosotros. Por eso cuando escribimos una anécdota o un suceso real, dejamos el yo, pero lo alejamos un poco de nosotros, como si quisiéramos dejar entrever que quizás eso le pasó a otra persona, un amigo de un amigo, que quizás nos lo contaron, que quizás solo lo vimos desde el colectivo y por eso el relato esta un poco movido. Esos relatos en primera persona pasan a ser una foto que tomó alguien con poco pulso. La imagen está ahí, pero los bordes se difuminan un poco.  

Lo que ocurrió esa tarde de agosto me ocurrió a mí, yo tomé esa foto movida, pero lo que escribí pasó a pertenecer a un universo distinto donde flotan las historias que contamos. Ese terreno borroso en donde no podes decidir cual es la parte real y cual, la inventada. Este texto también pertenece a ese terreno. Ahora que lo releo ya no sé cuánto es real y cuánto, ficción. 

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2 nov. 2018

(re)leer



Releer es ese lugar seguro al cual vuelvo cuando me pierdo.

Cada lectura es distinta y siempre encuentro cosas nuevas, pero de todas maneras cada vez que abro un libro que ya leí siento ese mismo olor a invierno, a fuego, a aserrín, a humo. Es como reencontrarme con una foto vieja. Todo puede haber cambiado, pero al verla vuelvo a sentir lo que sentí ese día.

Releer es como viajar en el tiempo, es volver a un momento en que todo era más seguro y más simple. Dicen que todo tiempo pasado fue mejor. No creo que sea cierto, pero el paso del tiempo hace que parezca cierto. Por eso cada vez que releo un libro, siento que quiero volver a ese momento: la primera vez que abrí ese libro, la primera vez que vi un paisaje, la primera vez que vi la tierra desde el cielo.

Si nado en mi memoria puedo releer muchos de mis recuerdos y otra vez siento que todo tiempo pasado fue mejor. Pero quizás solo sea porque tiendo a olvidar las cosas feas.

17 oct. 2018

Merecemos una reescritura



Toda escritura merece una reescritura.

(lo escribo justo antes de dormirme y luego apago la luz)

Toda escritura merece una reescritura. Una segunda lectura, una segunda luz, otra opinión. Quizás me ocurra solo a mí, pero puedo ver todo desde distintos puntos de vista dependiendo el momento del día o de la semana, dependiendo del clima o de mi humor.  

No creo que haya una sola versión de los hechos. Creo que incluso una sola persona puede tener muchas opiniones, que incluso pueden chocar. Creo que podría reescribir todo lo que he publicado en este blog y terminaría diciendo todo lo contrario.

Toda historia esconde un millón de otras historias, como una flor con muchos pequeños pétalos. Solo tenes que dejar que pase el tiempo y los pétalos van a ir cayendo poco a poco. El tiempo hace que todo parezca más chico o más grande, más triste o más alegre.  

Todo lo que dijimos alguna vez puede dejar de ser cierto en un segundo. Solo hace falta una acción para que veamos las cosas desde otra perspectiva y, entonces, todo lo que escribimos se convierte en una mentira. Los diarios son un gran reflejo de eso. Solo hace falta releer entradas viejas y ver con cuánta intensidad sentimos lo que ahora nos parece tan insignificante.

El tiempo distorsiona todo. Lo mismo que la distancia. Y la lluvia y los vidrios y los espejos.

No creo que sea recomendable creer en lo que escribimos. Creo que hay que seguir leyéndonos como si leyéramos a otra persona y luego reescribirnos. Porque somos como una flor con un millón de pétalos que solo necesitan tiempo para caer y ser contados.



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12 oct. 2018

RESEÑA: Pasaje de ida (autores varios)




Si tuviera que elegir una frase de todo el libro, sería la siguiente: “Los escritores somos exiliados por naturaleza y por definición; extranjeros que todos los días, regresamos a la patria del libro que estamos escribiendo”, Rodrigo Fresan.

Creo que Pasaje de Ida trata un poco de eso, de cómo sin importar lo lejos que estén, los escritores siempre regresan a la escritura, ese hogar que nunca se abandona y siempre los acompaña adonde sea que vayan. El libro cuenta con quince escritos: cuentos, relatos en primera persona, crónicas, ensayos; todos atravesados por los viajes, los aeropuertos, las despedidas y la distancia. En todos vemos como lidia cada persona con lo distinto. Incluso en la ficción decimos nuestra verdad, bueno en estos textos, incluso en los que son de ficción, encontramos los testimonios de estos escritores argentinos que por algún motivo decidieron vivir en otro país.

Marcelo Luján dice que “cuando llevas más de una década viviendo en el extranjero, te empiezan a gustar cosas inexplicables porque tu vida hace tiempo que se convirtió en otra vida”. Estos textos son un reflejos de esas otras vidas que los autores se consiguieron cuando decidieron irse, esas realidades inexplicables que, de pronto, se convierten en sus realidades.   

La mayoría son textos cortos, ágiles, perfectos para leer en un viaje de colectivo o justo antes de dormir, para inspirarnos y soñar con tierras lejanas, para imaginar al menos por unas cuantas hojas lo que se siente estar lejos.

Pasaje de Ida es una puerta a el mundo de estos quince escritores que decidieron contar, a su manera, su vida como exiliados.


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8 oct. 2018

Una sola ventana para mirar



“Los escritores somos exiliados por naturaleza y por definición; extranjeros que, todos los días, regresamos a la patria del libro que estamos escribiendo”
Rodrigo Fresan.

Estoy leyendo un libro de relatos de escritores argentinos que viven o vivieron en el exterior. Todavía no lo he terminado, pero desde la primera página siento esa sensación que siento siempre que estoy de viaje. Rápidamente me imagino a mí misma lejos, muy lejos de mi casa, donde hace mucho frío o mucho calor, donde las calles son muy empinadas o el mar está muy cerca, y yo, en una pequeña habitación, con una única ventana, escribiendo sobre cuánto extraño mi hogar. Empiezo a extrañar los ruidos y los colores, el olor a comida casera y la radio de mi vieja, siempre prendida.  

Cuando nació mi sobrino, no estaba. Me enteré por un mensaje y una foto. Cuando cumplí los veintiuno fui al cine, cené pochoclo y dormí en una camioneta. Cuando cumplí los veintidós fui a un bar que estaba vacío y dormí en un hostel. Me cantaron el feliz cumpleaños durante una semana.  Cuando cumplí los nueve o diez, dormí en una casa rodante y mi familia me regaló un bebote negro que llamé Manuela. También me perdí muchos otros cumpleaños de otras personas. En febrero de este año me perdí el cumpleaños de mi viejo y lejos, sentada frente a mi única ventana, escribí “hoy es el cumpleaños de papá y no puedo abrazarlo”. No soy de dar abrazos, pero en ese momento si hubiera querido un abrazo suyo. También me perdí el cumpleaños de mi vieja. Me lo perdí dos veces. Dos veces me fui de viaje un diez de diciembre y para el once ya estaba muy lejos como para abrazarla.

La lista de cumpleaños que me perdí sigue. Los lugares en los que he estado también. Los lugares que todavía me quedan por visitar se vuelve, por momentos, interminable. Los lugares a los que me mudaría y en donde pasaría mis cumpleaños es muy corta. Son pocos los lugares que tienen una vista digna de ver por una sola ventana mientras escribo. Son pocos los lugares que valen la pena toda esa angustia por no poder dar abrazos en fechas especiales.

A veces siento que necesito irme a vivir a otro lado para ser capaz de escribir algo que valga la pena (o de vivir algo que valga la pena). Siento que necesito alejarme de todo y de todos, borrarme del mapa y reaparecer donde nadie me conozca para poder ser la clase de escritora que quiero ser: valiente. Hay muchos escritores que se van y no regresan. Tal vez porque luego de un tiempo es difícil volver o tal vez porque han encontrado lo que los inspiran. Han encontrado una ventana por la cual mirar. Ahora mientras escribo, tengo una ventana cerca por la que siempre miro cuando llueve. Ahora solo veo sol. El sol me hace pensar en amarillo, en patitos, en agua, en río, en montaña, en frío, en sur, en silencio y así puedo seguir. Eso es todo lo que esconde una ventana, mi ventana.

El resto de las ventanas del mundo todavía no las conozco. Solo he mirado por unas pocas. Y siempre he extrañado. Siempre he vuelto. Nunca he sido extranjera por demasiado tiempo. Por ahora no he encontrado una ventana que valga la pena la falta de abrazos.

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27 sept. 2018

Leer a Borges




Mi profesor lee como si estuviera sobre un escenario. Lo escucho y me divierto. Es la única manera que tengo de disfrutar a Borges. Si pienso hacia atrás, recuerdo el último año del colegio. La Biblioteca de Babel y El Alpeh. Los otros títulos no los recuerdo. Los leí porque lo tenía que hacer. Antes de eso ya lo había intentado, pero nunca había podido terminar nada. Borges siempre me resulto imposible. La clase de escritor que me hace sentir estúpida, muy poco preparada para este mundo o, al menos, para una conversación con una persona perteneciente al mundo de las letras. Cómo vas a hablar de literatura sin hablar de Borges. Cómo vas a parecer intelectual, si nunca has leído nada suyo.

Recién ahora, empiezo a entender algo del universo que maneja: el cuchillo, la biblioteca, el infinito, siempre alguien que muere. Pero todavía siento como si estuviera leyendo en otro idioma. Necesito que alguien lo lea conmigo y me lo explique; necesito a mi profesor de literatura haciéndose el actor mientras lee. De lo contrario, me aburro rápido, como un chico. Me aburro más rápido de lo que sería decente decir.

Recuerdo a una mujer de unos cincuenta años que estudiaba inglés conmigo. Amaba a Borges, tenía todos sus libros y a todos los había releído varias veces.

Quizás cuando tenga cincuenta, empiece a entender a Borges un poco mejor sin ayuda de nadie.

Quizás haya vivido lo suficiente.

Quizás haya escrito algo que valga la pena y no me sienta tan estúpida.

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7 sept. 2018

Flores desteñidas

Me quedo mirando
el arte abstracto
de mis venas.

Escribo un poema sobre cómo la sangre que gotea de mi nariz dibuja flores en la pileta del baño y me las quedo mirando. Me distrae su belleza. El goteo continua como lluvia, pero yo no me doy cuenta. El ritmo con el que mi sangre se escapa de mi es tan suave como mi respiración cuando duermo. Es como si cuerpo hubiera encontrado su música, una forma de desprenderse de si mismo. Porque sangrar es un poco como desprenderse, como dejarse llevar por el movimiento.

Pero algo me distrae y el hechizo se pierde.

Abro la canilla
y el agua las destiñe.
Tiro la cabeza hacia atrás
y me trago el resto de las flores. 




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6 sept. 2018

Menos palabras



Escribo en forma de poemas en un intento de no gastar tantas palabras.

La poesía me obliga a economizar el espacio,

limitar mi propia cabeza.

El objetivo es ordenar el caos en unas pocas líneas,

esconderlo en pocas palabras como si lo estuviera barriendo bajo la alfombra.

Pero dejo pasar los días

Y al releer lo escrito me doy cuenta de que tengo que reescribirlo.



Para realmente decir las cosas

Necesito usar menos palabras.

El resto tiene que leerse

En los espacios vacíos.