22 abr. 2018

Cielo, pasto. Pasto, cielo.



Caminó hasta la hamaca dando saltitos de conejo. No quería mojarse las pantuflas con verde. Esa hamaca había sido un regalo de cumpleaños para los nueve o los diez. No se acordaba bien; no tenía memoria para los detalles.

Se subió con un último salto y su cuerpo comenzó a moverse por inercia. Cielo, pasto. Pasto, cielo. Era un movimiento fluido, constante. Como el ir y venir del mar.

No recordaba cuando le habían regalado la hamaca, pero si recordaba el mar. El ruido de las olas rompiendo y convirtiéndose en color blanco. Era el mismo sonido de una gaseosa siendo destapada en un verano caluroso. Como los veranos en que jugaba entre las cañas con sus primos. El verano en que escuchó, por primera vez, una mala palabra en labios de otro chico. Esas palabras no se decían. Ellas no las decía. Las había probado frente al espejo del baño. Quería escuchar como sonaban en su voz. Pero nunca las decía frente a alguien.

Todavía podía recordar el malestar que había sentido al escuchar a su primo decir eso que no se decía. La incomodidad de haber sido la única que lo había notado.

Ahora era solo una palabra. Como una ola, o una botella siendo destapada, un sonido, ella hablando sola frente al espejo del baño.

O ella, como el mar, hamacándose en pantuflas después de tantos años desde ese cumpleaños.

Cielo, pasto. Pasto, cielo.

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19 abr. 2018

Somos aliens


- Somos aliens – dijo mi hermana mientras caminábamos por la calle. Las dos nos reímos y de detrás de una camioneta asomó un chico. Nos miró como si realmente estuviera chequeando de que planeta veníamos.

- Somo aliens – le digo a mi hermana mientras remamos y los dos nos reímos.

Tenemos un río a cinco minutos pedaleando y sin embargo nunca nos perteneció. Todos remaron, todos fueron a competencias, crecieron entre esos botes. Todos excepto nosotras. Nosotras eramos chicas. El río era para los varones. Ahora seguimos siendo chicas, pero no tanto. Somos aliens. Por eso nos chocamos con un bote de paseo cuando salimos. Recién a la mitad del río encontramos nuestro ritmo.

-Mira – le digo señalando un pájaro enorme, negro, apoyado sobre una rama que rompe la superficie del río como un rasguño.

-Mira las tortugas – me dice mi hermana señalando la misma rama.

Hay unas diez tortugas tomando sol. Están inquietamente quietas, con el cuello estirado hacía arriba, mirándonos con desdén. No entienden nuestros esfuerzos por movernos río arriba. La velocidad que generan nuestros brazos en cada remada desincronizada les parece inútil.

Ni las tortugas nos entienden.

Ese río no es nuestro. Ellas nos miran a nosotras.

Somos aliens.


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16 abr. 2018

Temporada de tormentas



El noticiero anuncia la temporada de tormentas. En Marte la sequía hace que el aire se vuelva irrespirable y en Júpiter el viento levanta una polvareda que no deja ver donde pisas. Mientras tanto, en el planeta tierra llueve. Los techos gotean y la rítmica caída de las gotas sobre el firmamento adormecen a los leones. El cielo gris cubre todo como una pompa de jabón sucia. Cada vez que un niño la sopla y explota, caen rayos en las selvas tropicales de Vietnam. En las grandes ciudades de Europa las calles están inundadas y, para cruzarlas, los peatones dan vuelta los paraguas y los utilizan como botes.

Sigue lloviendo y el nivel del mar sube, las corrientes se bifurcan. Desde las ventanas no se ven ni la luna ni el sol. Los humanos están librados a su suerte.

Excepto una niña que se ha quedado dormida en la cama de sus padres. Se ha robado el cielo entero de un manotazo y ahora sueña con el sol, la luna y la infinidad de estrellas que titilan. Los gira entre sus dedos; los hace danzar; hace que la noche y el día convivan en un solo parpadeo.

Los del noticiero anuncian que la lluvia va a continuar durante toda la semana. Hablan de probabilidades, chubascos, vientos del sur y nubes. Las personas los escuchan y le creen.

No saben que solo tienen que esperar que la niña despierte y suelte el pequeño universo que lleva escondido entre sus manos.


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10 abr. 2018

Noches de aeropuerto



Durmió con las piernas apoyadas sobre su valija roja y un pañuelo alrededor de sus ojos para evitar la luz. En los aeropuertos nunca anochece. Las luces brillantes te desorientan en esa tierra de nadie entre países, viajes, puntos A y B.

Se levantó varias veces durante la noche. Se desanudaba un poco el pañuelo, chequeaba que no le hubieran robado nada, reacomodaba los huesos a la silla y seguía durmiendo. A las ocho se levantó y se dio cuenta de que la fila de asientos en la que había dormido estaba vacía. Ya se habían ido todos. Hasta el cubano de los pies sucios con el que había hablado la noche anterior. Le había preguntado si escribía canciones.

-Te escuche cantando – le había dicho el cubano y ella se había reído. No escribía canciones, simplemente escribía. Incluso en noches incomodas en aeropuertos lejanos. Aún más en esas noches.

Ahora el cubano ya no estaba y los aviones volvían a volar. Afuera ya no nevaba. Pero si no miraba por la ventana podía pensar que la tormenta continuaba. En los aeropuertos no existe ni la nieve ni el cielo.


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