1 dic. 2018

Solo escribimos mentiras


(mi profesor nos pidió que escribamos una ensayo)


Le mandé un mail contándole lo que sucedió esa tarde de agosto en la que algo se rompió. Fue la primera vez que sentí miedo de verdad. Esa misma noche me senté a escribir lo que había ocurrido, pero no pude. Pasaron muchas semanas e intentos fallidos hasta que finalmente pude detenerme y escribir lo que había sentido esa tarde. Empecé con la palabra todavía: todavía me quema eso, todavía sigo sin entenderlo del todo, todavía me sigue dando miedo, todavía sigo sin saber si lo que escribí, es lo correcto.

No, no era lo correcto. Todo lo que escribí era mentira.

El tono del texto era demasiado trágico, seco, como una cachetada, una especie de lista de quejas. Al releerlo, me di cuenta de que lo que había escrito no era lo que había sucedido. Solo era una versión de la historia, distorsionada por el tiempo y la distancia. En su cabeza había otra versión, enfocada desde el otro lado de la vereda. Sé que cuando leyó ese mail fue como si mirara una película, vio la seguidilla de acciones desde afuera, no estando cómodo con lo que leía. De seguro, se preguntó si yo estaría hablando de otra tarde. De seguro, no creyó que yo hubiera podido sentir todas esas cosas y haber guardado tantos detalles: el ruido de la calle, el color de las paredes, el vértigo de saber que quizás no volveríamos a reírnos. 

Desde que releí ese mail, desconfío de todo lo que escribo, desconfío de mis propias oraciones. Me doy cuenta de que en el momento en que paso al papel cualquier hecho, por mínimo que sea, lo cambio. Deja de ser mío y se convierte en propiedad de este narrador que elijo sin siquiera planteármelo.  En Joyland, Stephen King dice “en lo que concierne al pasado, todo el mundo escribe ficción”. Mientras más tiempo pasa, más nos alejamos de lo que realmente ocurrió, todo se convierte en un relato de segunda mano que compramos de oferta.

Escribimos lo que vimos, lo que sentimos, lo que nos pareció que vimos, lo que nos pareció que sentimos. Es imposible escribir en tiempo real. Mientras más tiempo pasa, más huecos se forman en nuestra historia. Como agujeros en una remera, los sucesos se gastan. Entonces, tenemos que coserlos, ponerles parches, pequeños detalles que le den un poco de brillo o suspenso, un par de botones para que los pantalones no se nos caigan. Pero la relectura delata nuestras mentiras que de pronto brillan como luces de neón.

El escritor español, Kirmen Uribe reflexiona “es curioso cómo trabaja la memoria, cómo recordamos a nuestra manera, convirtiendo en ficción lo que en otro tiempo fue realidad”. Quizás sea culpa de nuestra memoria que es selectiva y luego convierte todo en ficción. Frente a la hoja en blanco nos entra el pánico de no saber todo y hacemos lo que mejor nos sale a los que escribimos: mentir. Es una especie de mecanismo de defensa. No podemos admitir que no estamos seguros, siempre tenemos que saber qué es lo que va a venir luego. Si nosotros vivimos algo ¿cómo no vamos a saber todos los detalles?

Pero hay un detalle que se nos escapa: la memoria tiene sus propias reglas. Recuerda solo lo que quiere recordar, lo demás lo elimina o lo guarda en un cajón demasiado alto, inalcanzable para nosotros. Por eso cuando escribimos una anécdota o un suceso real, dejamos el yo, pero lo alejamos un poco de nosotros, como si quisiéramos dejar entrever que quizás eso le pasó a otra persona, un amigo de un amigo, que quizás nos lo contaron, que quizás solo lo vimos desde el colectivo y por eso el relato esta un poco movido. Esos relatos en primera persona pasan a ser una foto que tomó alguien con poco pulso. La imagen está ahí, pero los bordes se difuminan un poco.  

Lo que ocurrió esa tarde de agosto me ocurrió a mí, yo tomé esa foto movida, pero lo que escribí pasó a pertenecer a un universo distinto donde flotan las historias que contamos. Ese terreno borroso en donde no podes decidir cual es la parte real y cual, la inventada. Este texto también pertenece a ese terreno. Ahora que lo releo ya no sé cuánto es real y cuánto, ficción. 

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2 nov. 2018

(re)leer



Releer es ese lugar seguro al cual vuelvo cuando me pierdo.

Cada lectura es distinta y siempre encuentro cosas nuevas, pero de todas maneras cada vez que abro un libro que ya leí siento ese mismo olor a invierno, a fuego, a aserrín, a humo. Es como reencontrarme con una foto vieja. Todo puede haber cambiado, pero al verla vuelvo a sentir lo que sentí ese día.

Releer es como viajar en el tiempo, es volver a un momento en que todo era más seguro y más simple. Dicen que todo tiempo pasado fue mejor. No creo que sea cierto, pero el paso del tiempo hace que parezca cierto. Por eso cada vez que releo un libro, siento que quiero volver a ese momento: la primera vez que abrí ese libro, la primera vez que vi un paisaje, la primera vez que vi la tierra desde el cielo.

Si nado en mi memoria puedo releer muchos de mis recuerdos y otra vez siento que todo tiempo pasado fue mejor. Pero quizás solo sea porque tiendo a olvidar las cosas feas.

17 oct. 2018

Merecemos una reescritura



Toda escritura merece una reescritura.

(lo escribo justo antes de dormirme y luego apago la luz)

Toda escritura merece una reescritura. Una segunda lectura, una segunda luz, otra opinión. Quizás me ocurra solo a mí, pero puedo ver todo desde distintos puntos de vista dependiendo el momento del día o de la semana, dependiendo del clima o de mi humor.  

No creo que haya una sola versión de los hechos. Creo que incluso una sola persona puede tener muchas opiniones, que incluso pueden chocar. Creo que podría reescribir todo lo que he publicado en este blog y terminaría diciendo todo lo contrario.

Toda historia esconde un millón de otras historias, como una flor con muchos pequeños pétalos. Solo tenes que dejar que pase el tiempo y los pétalos van a ir cayendo poco a poco. El tiempo hace que todo parezca más chico o más grande, más triste o más alegre.  

Todo lo que dijimos alguna vez puede dejar de ser cierto en un segundo. Solo hace falta una acción para que veamos las cosas desde otra perspectiva y, entonces, todo lo que escribimos se convierte en una mentira. Los diarios son un gran reflejo de eso. Solo hace falta releer entradas viejas y ver con cuánta intensidad sentimos lo que ahora nos parece tan insignificante.

El tiempo distorsiona todo. Lo mismo que la distancia. Y la lluvia y los vidrios y los espejos.

No creo que sea recomendable creer en lo que escribimos. Creo que hay que seguir leyéndonos como si leyéramos a otra persona y luego reescribirnos. Porque somos como una flor con un millón de pétalos que solo necesitan tiempo para caer y ser contados.



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12 oct. 2018

RESEÑA: Pasaje de ida (autores varios)




Si tuviera que elegir una frase de todo el libro, sería la siguiente: “Los escritores somos exiliados por naturaleza y por definición; extranjeros que todos los días, regresamos a la patria del libro que estamos escribiendo”, Rodrigo Fresan.

Creo que Pasaje de Ida trata un poco de eso, de cómo sin importar lo lejos que estén, los escritores siempre regresan a la escritura, ese hogar que nunca se abandona y siempre los acompaña adonde sea que vayan. El libro cuenta con quince escritos: cuentos, relatos en primera persona, crónicas, ensayos; todos atravesados por los viajes, los aeropuertos, las despedidas y la distancia. En todos vemos como lidia cada persona con lo distinto. Incluso en la ficción decimos nuestra verdad, bueno en estos textos, incluso en los que son de ficción, encontramos los testimonios de estos escritores argentinos que por algún motivo decidieron vivir en otro país.

Marcelo Luján dice que “cuando llevas más de una década viviendo en el extranjero, te empiezan a gustar cosas inexplicables porque tu vida hace tiempo que se convirtió en otra vida”. Estos textos son un reflejos de esas otras vidas que los autores se consiguieron cuando decidieron irse, esas realidades inexplicables que, de pronto, se convierten en sus realidades.   

La mayoría son textos cortos, ágiles, perfectos para leer en un viaje de colectivo o justo antes de dormir, para inspirarnos y soñar con tierras lejanas, para imaginar al menos por unas cuantas hojas lo que se siente estar lejos.

Pasaje de Ida es una puerta a el mundo de estos quince escritores que decidieron contar, a su manera, su vida como exiliados.


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8 oct. 2018

Una sola ventana para mirar



“Los escritores somos exiliados por naturaleza y por definición; extranjeros que, todos los días, regresamos a la patria del libro que estamos escribiendo”
Rodrigo Fresan.

Estoy leyendo un libro de relatos de escritores argentinos que viven o vivieron en el exterior. Todavía no lo he terminado, pero desde la primera página siento esa sensación que siento siempre que estoy de viaje. Rápidamente me imagino a mí misma lejos, muy lejos de mi casa, donde hace mucho frío o mucho calor, donde las calles son muy empinadas o el mar está muy cerca, y yo, en una pequeña habitación, con una única ventana, escribiendo sobre cuánto extraño mi hogar. Empiezo a extrañar los ruidos y los colores, el olor a comida casera y la radio de mi vieja, siempre prendida.  

Cuando nació mi sobrino, no estaba. Me enteré por un mensaje y una foto. Cuando cumplí los veintiuno fui al cine, cené pochoclo y dormí en una camioneta. Cuando cumplí los veintidós fui a un bar que estaba vacío y dormí en un hostel. Me cantaron el feliz cumpleaños durante una semana.  Cuando cumplí los nueve o diez, dormí en una casa rodante y mi familia me regaló un bebote negro que llamé Manuela. También me perdí muchos otros cumpleaños de otras personas. En febrero de este año me perdí el cumpleaños de mi viejo y lejos, sentada frente a mi única ventana, escribí “hoy es el cumpleaños de papá y no puedo abrazarlo”. No soy de dar abrazos, pero en ese momento si hubiera querido un abrazo suyo. También me perdí el cumpleaños de mi vieja. Me lo perdí dos veces. Dos veces me fui de viaje un diez de diciembre y para el once ya estaba muy lejos como para abrazarla.

La lista de cumpleaños que me perdí sigue. Los lugares en los que he estado también. Los lugares que todavía me quedan por visitar se vuelve, por momentos, interminable. Los lugares a los que me mudaría y en donde pasaría mis cumpleaños es muy corta. Son pocos los lugares que tienen una vista digna de ver por una sola ventana mientras escribo. Son pocos los lugares que valen la pena toda esa angustia por no poder dar abrazos en fechas especiales.

A veces siento que necesito irme a vivir a otro lado para ser capaz de escribir algo que valga la pena (o de vivir algo que valga la pena). Siento que necesito alejarme de todo y de todos, borrarme del mapa y reaparecer donde nadie me conozca para poder ser la clase de escritora que quiero ser: valiente. Hay muchos escritores que se van y no regresan. Tal vez porque luego de un tiempo es difícil volver o tal vez porque han encontrado lo que los inspiran. Han encontrado una ventana por la cual mirar. Ahora mientras escribo, tengo una ventana cerca por la que siempre miro cuando llueve. Ahora solo veo sol. El sol me hace pensar en amarillo, en patitos, en agua, en río, en montaña, en frío, en sur, en silencio y así puedo seguir. Eso es todo lo que esconde una ventana, mi ventana.

El resto de las ventanas del mundo todavía no las conozco. Solo he mirado por unas pocas. Y siempre he extrañado. Siempre he vuelto. Nunca he sido extranjera por demasiado tiempo. Por ahora no he encontrado una ventana que valga la pena la falta de abrazos.

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27 sept. 2018

Leer a Borges




Mi profesor lee como si estuviera sobre un escenario. Lo escucho y me divierto. Es la única manera que tengo de disfrutar a Borges. Si pienso hacia atrás, recuerdo el último año del colegio. La Biblioteca de Babel y El Alpeh. Los otros títulos no los recuerdo. Los leí porque lo tenía que hacer. Antes de eso ya lo había intentado, pero nunca había podido terminar nada. Borges siempre me resulto imposible. La clase de escritor que me hace sentir estúpida, muy poco preparada para este mundo o, al menos, para una conversación con una persona perteneciente al mundo de las letras. Cómo vas a hablar de literatura sin hablar de Borges. Cómo vas a parecer intelectual, si nunca has leído nada suyo.

Recién ahora, empiezo a entender algo del universo que maneja: el cuchillo, la biblioteca, el infinito, siempre alguien que muere. Pero todavía siento como si estuviera leyendo en otro idioma. Necesito que alguien lo lea conmigo y me lo explique; necesito a mi profesor de literatura haciéndose el actor mientras lee. De lo contrario, me aburro rápido, como un chico. Me aburro más rápido de lo que sería decente decir.

Recuerdo a una mujer de unos cincuenta años que estudiaba inglés conmigo. Amaba a Borges, tenía todos sus libros y a todos los había releído varias veces.

Quizás cuando tenga cincuenta, empiece a entender a Borges un poco mejor sin ayuda de nadie.

Quizás haya vivido lo suficiente.

Quizás haya escrito algo que valga la pena y no me sienta tan estúpida.

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7 sept. 2018

Flores desteñidas

Me quedo mirando
el arte abstracto
de mis venas.

Escribo un poema sobre cómo la sangre que gotea de mi nariz dibuja flores en la pileta del baño y me las quedo mirando. Me distrae su belleza. El goteo continua como lluvia, pero yo no me doy cuenta. El ritmo con el que mi sangre se escapa de mi es tan suave como mi respiración cuando duermo. Es como si cuerpo hubiera encontrado su música, una forma de desprenderse de si mismo. Porque sangrar es un poco como desprenderse, como dejarse llevar por el movimiento.

Pero algo me distrae y el hechizo se pierde.

Abro la canilla
y el agua las destiñe.
Tiro la cabeza hacia atrás
y me trago el resto de las flores. 




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6 sept. 2018

Menos palabras



Escribo en forma de poemas en un intento de no gastar tantas palabras.

La poesía me obliga a economizar el espacio,

limitar mi propia cabeza.

El objetivo es ordenar el caos en unas pocas líneas,

esconderlo en pocas palabras como si lo estuviera barriendo bajo la alfombra.

Pero dejo pasar los días

Y al releer lo escrito me doy cuenta de que tengo que reescribirlo.



Para realmente decir las cosas

Necesito usar menos palabras.

El resto tiene que leerse

En los espacios vacíos.

29 ago. 2018

A veces, escribir quema



Escribir, a veces, es una tarea tranquila. Me siento frente a mi cuaderno y mientras respiro todo lo que me rodea, ordeno mis ideas. Escribo una. Punto. Escribo otra. Creo imagines. Releo lo que acabo de escribir. Tacho una palabra y la remplazo por otra que suena mejor.
Sin embargo, escribir, a veces, no es una tarea tranquila.

A veces, escribir quema.

Las palabras salen como electricidad. Las tengo que atrapar antes que se vuelen. El viento me despeina y me roba las ideas. A veces cuando no tengo papel cerca, cuando voy casi corriendo por la vereda rogando no perder el colectivo, se me ocurren las mejores ideas. En ese momento, las ideas se me aparecen en letras de neón en una calle oscura. Los párrafos se suceden unos tras otros en mi cabeza. Casi que puedo ver como sale humo de mis orejas.

En esos momentos, la escritura no es una actividad tranquila, pero es clara. No hay dudas de lo que quiero decir. Es el fogonazo de la inspiración. Creo que por eso es que quema. Las palabras se marcan como tatuajes sobre mis brazos y mis piernas que todavía se apresuran. Si en esos momentos de inspiración tengo papel cerca, la escritura se vuelve una actividad desprolija. Escribo apurada, como cuando estoy a punto de perder el colectivo y cruzo el semáforo en rojo.
 
En ese instante, lo que tengo que escribir es muy importante.

En ese instante, escribir quema.

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27 ago. 2018

Libros que no leo



Sobre la mesita de luz, tengo una pila altísima de libros. Los abro de a uno. Leo un par de párrafos y los vuelvo a dejar. No puedo seguir. En este momento, todo lo que leo me sabe a cartón. Necesito mucha agua para pasar todas esas palabras y, la verdad, no tengo sed. Solo tengo sueño y ganas de tener sueños tristes que me despierten en mitad de la noche para abrir los ojos en la oscuridad y quedarme escuchando los ruidos de la casa. El silencio de los pasillos y el silencio que me atraviesa la garganta se traducen en la tinta que me mancha la mano cuando, sin querer, tropiezo con lo que acabo de escribir.

(me gustan las frases interminables, pero me quedo sin aire)

Sigo escribiendo la historia que aún no hemos vivido y las historias que no tolero leer, las que suspiran junto al velador. Extiendo la mano hasta el cable que cuelga de la pared y corto la oscuridad con un foco: un parpadeo de fuego, un filamento que se calienta y me quema la punta de los dedos. Miro los libros que me miran, siguen esperando, pero no estoy lista.

Todavía tengo tinta manchada en el borde de la mano y tu silencio todavía me duele y todavía me quema el foco caliente. Así que cierro los ojos y sigo, yo también, esperando.


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22 ago. 2018

Los muertos, a veces, esperan



Estoy leyendo un libro donde el autor relata la muerte de su padre, los momentos previos y el duelo posterior. El futuro muerto todavía agoniza cuando llega su hermano de La Pampa y en ese momento despierta.

En el teléfono anoto: los muertos, a veces, pueden elegir cuando morirse. Y recuerdo a mi abuela y a mi tía y reescribo la frase: los muertos, a veces, esperan. Guiada por ese título de película de zombies, empiezo un relato un poco incoherente de lo poco que recuerdo de la muerte de mi abuela y de cómo esperó hasta que llegara mi tía de Misiones para finalmente morir. Luego, sigo hablando sobre la muerte de mi abuelo de la que recuerdo aún menos, sobre los cementerios, sobre la única vez que fui a rezar a la tumba de mi abuelo con mi madre y mi abuela, de cómo no puedo imaginar a mi padre frente a una tumba y termino preguntándome si algún muerto me va a esperar o si voy a estar al lado de alguien siempre, como mi padre que siempre vivió en la misma casa.

La asociación libre que reina en mi cabeza me facilita saltar de un tema a otro. Sé que todas mis profesoras deben querer matarme, en especial mi hermana, que fue mi profesora de inglés y siempre me enseñó a organizar los textos. Pero mi cerebro no organiza la información, simplemente la une como si tejiera una bufanda muy, muy larga de recuerdos que se suceden uno tras otro. Es en ese momento que surge una gran duda con respecto a mi escritura. ¿Cuánto de lo que escribo es verdad y cuánto, ficción?

Mi memoria es tan mala que siempre agrego detalles de los cuales no estoy muy segura. No recuerdo el momento exacto en el que murió mi abuela, solo recuerdo a mi madre diciendo que esperó a que mi tía llegara. Por algún motivo, guardé esa pequeña frase en el fondo de un cajón hasta ahora, que leí este libro y la pequeña lampara se prendió en mi cabeza. Uní dos ideas, el resto de lo que escribí esta tarde no sé si es real o ficción, qué detalles realmente sucedieron o si lo recuerdo de esa manera solo porque alguien más me lo contó así. Quizás estoy sacando de contexto una frase que mi madre dijo hace años pensando que nadie la escuchaba. Quizás escribí el relato de esa manera porque así suena mejor, porque no puedo quitarme de encima la chica que quiere dedicarse a la ficción.

Cada vez que releo el texto que escribí esta tarde, me doy cuenta de que ya no confío en lo que escribo, me es imposible saber qué es cierto y qué no. Mi falta de memoria se complementa con un exceso de imaginación y una cantidad incontable de historias leídas para combatir el aburrimiento. Como resultado tenemos un texto que cuenta mi verdad, mi visión de la realidad, de algo que sí sucedió porque mi abuela sí murió ese día, pero que sin darme cuenta ha pasado a ser un suceso más en la novela inconclusa de mi vida.

Quizás no existe un género que no sea ficción, así como no existe una verdad única o quizás yo sea una mentirosa compulsiva. Quizás nunca pueda recordar realmente cómo murió mi abuela así que solo me queden las historias que me invente de ese día.

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18 ago. 2018

Escribir poesía



Es fácil escribir un poema sobre un día lluvioso. O sobre la primavera. O sobre la mirada perdida de nuestra madre en la ventana de la cocina. Solo tienes que buscar una imagen y el lenguaje te da todos los recursos para encontrar belleza en cualquier parte. Pero es cuando escribimos poemas sobre nosotros que la escritura se complica.

Cuando estamos hablando de nosotros, primera persona, el actor principal de la película, es entonces que nuestra mano empieza a temblar y empezamos a dudar de cada palabra. No queremos pasarnos del límite. Está bien decir que estamos tristes, pero requiere coraje decir que nos has roto el corazón. Hablar de amor o de la falta de amor, de la soledad, de las inseguridades, de lo que vemos en el espejo, eso es lo que nos aterra. Todo lo que escribimos se vuelve real, como una pesadilla que nos persigue. Lo que antes solo estaba en nuestra cabeza de pronto está ahí, frente a nosotros.

La poesía es un espejo de lo que sentimos en el momento en que nos sentamos. Mucha gente no la entiende o le parece cursi, innecesaria, la menosprecia. Son pocas palabras, puras metáforas, no dice nada. Pero nadie se da cuenta de que escribir un poema sobre nosotros es el acto de esperanza más grande que hay.

Escribir poesía significa tomar lo que más nos aterra y transformarlo en belleza. En arte. En una puesta de sol que solo nosotros podemos ver.


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16 ago. 2018

El gato negro de Poe



I wish I could write as mysterious as a cat”, Edgar Allan Poe

Según Poe los gatos son criaturas misteriosas.

Me lo imagino, a ese gato, a ese misterio, haciendo equilibrio sobre el tapial. La pared es apenas una fina línea que divide las dos casas. Veo a mi hermana gruñendo detrás de la ventana, como cada vez que escucha las pisadas del gato sobre su techo. Mi sobrino levanta la mirada y sé que él también ve a ese gato, por más que sea de noche y sea tan liviano como una pluma. Se vuelve hacia la hoja que está sobre la mesa y lo dibuja con sus trazos irregulares; le da un color naranja que lo vuelve un gato amigable de esos que duermen a los pies de la cama. Pero a mi hermana no le gustan los gatos, así que gruñe como si fuera un perro y le tira algo. No distingo qué es, pero veo cómo el gato salta y desaparece en la casa del vecino. 

Para Poe el gato es una criatura misteriosa, pero para mí el misterio es cómo hacer aparecer un gato sobre una hoja de papel, ya sea con crayones naranjas o con tinta negra.


15 ago. 2018

Escribir silencios



Me llevo mal con mis silencios.

Me ponen nerviosa y comienzo a caminar en círculos. Mi mente no encuentra el botón de mute y me convierto en una radio que repite una y otra vez la misma canción. Es por esto que por muy tarde que sea o por muy lejos que esté, siempre regreso al papel y termino escribiendo mis silencios. Aunque eso implique escribir hasta que me duelan las manos o tener que detenerme en mitad de una frase porque las lágrimas no me dejan respirar.

Me detengo, tomo aire y continuo.

La música se apaga en mi cabeza. Hablo y encuentro el silencio interno que estaba buscando. A veces preciso gritar para acallar el ruido de las noches de insomnio.

Los silencios me encierran en la oscuridad, dentro de una caja que soy yo: una caja de fósforos a punto de arder. Es por eso que necesito escribir o decir en voz alta lo que me quema. Tengo que mirarme en el espejo y ser sincera. No dejar que el miedo me calle.

Puede ser que muera joven, injustamente, sin haber logrado todo lo que quiero lograr, pero sé que no puedo morir cobarde.

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22 abr. 2018

Cielo, pasto. Pasto, cielo.



Caminó hasta la hamaca dando saltitos de conejo. No quería mojarse las pantuflas con verde. Esa hamaca había sido un regalo de cumpleaños para los nueve o los diez. No se acordaba bien; no tenía memoria para los detalles.

Se subió con un último salto y su cuerpo comenzó a moverse por inercia. Cielo, pasto. Pasto, cielo. Era un movimiento fluido, constante. Como el ir y venir del mar.

No recordaba cuando le habían regalado la hamaca, pero si recordaba el mar. El ruido de las olas rompiendo y convirtiéndose en color blanco. Era el mismo sonido de una gaseosa siendo destapada en un verano caluroso. Como los veranos en que jugaba entre las cañas con sus primos. El verano en que escuchó, por primera vez, una mala palabra en labios de otro chico. Esas palabras no se decían. Ellas no las decía. Las había probado frente al espejo del baño. Quería escuchar como sonaban en su voz. Pero nunca las decía frente a alguien.

Todavía podía recordar el malestar que había sentido al escuchar a su primo decir eso que no se decía. La incomodidad de haber sido la única que lo había notado.

Ahora era solo una palabra. Como una ola, o una botella siendo destapada, un sonido, ella hablando sola frente al espejo del baño.

O ella, como el mar, hamacándose en pantuflas después de tantos años desde ese cumpleaños.

Cielo, pasto. Pasto, cielo.

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19 abr. 2018

Somos aliens


- Somos aliens – dijo mi hermana mientras caminábamos por la calle. Las dos nos reímos y de detrás de una camioneta asomó un chico. Nos miró como si realmente estuviera chequeando de que planeta veníamos.

- Somo aliens – le digo a mi hermana mientras remamos y los dos nos reímos.

Tenemos un río a cinco minutos pedaleando y sin embargo nunca nos perteneció. Todos remaron, todos fueron a competencias, crecieron entre esos botes. Todos excepto nosotras. Nosotras eramos chicas. El río era para los varones. Ahora seguimos siendo chicas, pero no tanto. Somos aliens. Por eso nos chocamos con un bote de paseo cuando salimos. Recién a la mitad del río encontramos nuestro ritmo.

-Mira – le digo señalando un pájaro enorme, negro, apoyado sobre una rama que rompe la superficie del río como un rasguño.

-Mira las tortugas – me dice mi hermana señalando la misma rama.

Hay unas diez tortugas tomando sol. Están inquietamente quietas, con el cuello estirado hacía arriba, mirándonos con desdén. No entienden nuestros esfuerzos por movernos río arriba. La velocidad que generan nuestros brazos en cada remada desincronizada les parece inútil.

Ni las tortugas nos entienden.

Ese río no es nuestro. Ellas nos miran a nosotras.

Somos aliens.


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16 abr. 2018

Temporada de tormentas



El noticiero anuncia la temporada de tormentas. En Marte la sequía hace que el aire se vuelva irrespirable y en Júpiter el viento levanta una polvareda que no deja ver donde pisas. Mientras tanto, en el planeta tierra llueve. Los techos gotean y la rítmica caída de las gotas sobre el firmamento adormecen a los leones. El cielo gris cubre todo como una pompa de jabón sucia. Cada vez que un niño la sopla y explota, caen rayos en las selvas tropicales de Vietnam. En las grandes ciudades de Europa las calles están inundadas y, para cruzarlas, los peatones dan vuelta los paraguas y los utilizan como botes.

Sigue lloviendo y el nivel del mar sube, las corrientes se bifurcan. Desde las ventanas no se ven ni la luna ni el sol. Los humanos están librados a su suerte.

Excepto una niña que se ha quedado dormida en la cama de sus padres. Se ha robado el cielo entero de un manotazo y ahora sueña con el sol, la luna y la infinidad de estrellas que titilan. Los gira entre sus dedos; los hace danzar; hace que la noche y el día convivan en un solo parpadeo.

Los del noticiero anuncian que la lluvia va a continuar durante toda la semana. Hablan de probabilidades, chubascos, vientos del sur y nubes. Las personas los escuchan y le creen.

No saben que solo tienen que esperar que la niña despierte y suelte el pequeño universo que lleva escondido entre sus manos.


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10 abr. 2018

Noches de aeropuerto



Durmió con las piernas apoyadas sobre su valija roja y un pañuelo alrededor de sus ojos para evitar la luz. En los aeropuertos nunca anochece. Las luces brillantes te desorientan en esa tierra de nadie entre países, viajes, puntos A y B.

Se levantó varias veces durante la noche. Se desanudaba un poco el pañuelo, chequeaba que no le hubieran robado nada, reacomodaba los huesos a la silla y seguía durmiendo. A las ocho se levantó y se dio cuenta de que la fila de asientos en la que había dormido estaba vacía. Ya se habían ido todos. Hasta el cubano de los pies sucios con el que había hablado la noche anterior. Le había preguntado si escribía canciones.

-Te escuche cantando – le había dicho el cubano y ella se había reído. No escribía canciones, simplemente escribía. Incluso en noches incomodas en aeropuertos lejanos. Aún más en esas noches.

Ahora el cubano ya no estaba y los aviones volvían a volar. Afuera ya no nevaba. Pero si no miraba por la ventana podía pensar que la tormenta continuaba. En los aeropuertos no existe ni la nieve ni el cielo.


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