18 ago. 2018

Escribir poesía



Es fácil escribir un poema sobre un día lluvioso. O sobre la primavera. O sobre la mirada perdida de nuestra madre en la ventana de la cocina. Solo tienes que buscar una imagen y el lenguaje te da todos los recursos para encontrar belleza en cualquier parte. Pero es cuando escribimos poemas sobre nosotros que la escritura se complica.

Cuando estamos hablando de nosotros, primera persona, el actor principal de la película, es entonces que nuestra mano empieza a temblar y empezamos a dudar de cada palabra. No queremos pasarnos del límite. Está bien decir que estamos tristes, pero requiere coraje decir que nos has roto el corazón. Hablar de amor o de la falta de amor, de la soledad, de las inseguridades, de lo que vemos en el espejo, eso es lo que nos aterra. Todo lo que escribimos se vuelve real, como una pesadilla que nos persigue. Lo que antes solo estaba en nuestra cabeza de pronto está ahí, frente a nosotros.

La poesía es un espejo de lo que sentimos en el momento en que nos sentamos. Mucha gente no la entiende o le parece cursi, innecesaria, la menosprecia. Son pocas palabras, puras metáforas, no dice nada. Pero nadie se da cuenta de que escribir un poema sobre nosotros es el acto de esperanza más grande que hay.

Escribir poesía significa tomar lo que más nos aterra y transformarlo en belleza. En arte. En una puesta de sol que solo nosotros podemos ver.


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16 ago. 2018

El gato negro de Poe



I wish I could write as mysterious as a cat”, Edgar Allan Poe

Según Poe los gatos son criaturas misteriosas.

Me lo imagino, a ese gato, a ese misterio, haciendo equilibrio sobre el tapial. La pared es apenas una fina línea que divide las dos casas. Veo a mi hermana gruñendo detrás de la ventana, como cada vez que escucha las pisadas del gato sobre su techo. Mi sobrino levanta la mirada y sé que él también ve a ese gato, por más que sea de noche y sea tan liviano como una pluma. Se vuelve hacia la hoja que está sobre la mesa y lo dibuja con sus trazos irregulares; le da un color naranja que lo vuelve un gato amigable de esos que duermen a los pies de la cama. Pero a mi hermana no le gustan los gatos, así que gruñe como si fuera un perro y le tira algo. No distingo qué es, pero veo cómo el gato salta y desaparece en la casa del vecino. 

Para Poe el gato es una criatura misteriosa, pero para mí el misterio es cómo hacer aparecer un gato sobre una hoja de papel, ya sea con crayones naranjas o con tinta negra.


15 ago. 2018

Escribir silencios



Me llevo mal con mis silencios.

Me ponen nerviosa y comienzo a caminar en círculos. Mi mente no encuentra el botón de mute y me convierto en una radio que repite una y otra vez la misma canción. Es por esto que por muy tarde que sea o por muy lejos que esté, siempre regreso al papel y termino escribiendo mis silencios. Aunque eso implique escribir hasta que me duelan las manos o tener que detenerme en mitad de una frase porque las lágrimas no me dejan respirar.

Me detengo, tomo aire y continuo.

La música se apaga en mi cabeza. Hablo y encuentro el silencio interno que estaba buscando. A veces preciso gritar para acallar el ruido de las noches de insomnio.

Los silencios me encierran en la oscuridad, dentro de una caja que soy yo: una caja de fósforos a punto de arder. Es por eso que necesito escribir o decir en voz alta lo que me quema. Tengo que mirarme en el espejo y ser sincera. No dejar que el miedo me calle.

Puede ser que muera joven, injustamente, sin haber logrado todo lo que quiero lograr, pero sé que no puedo morir cobarde.

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22 abr. 2018

Cielo, pasto. Pasto, cielo.



Caminó hasta la hamaca dando saltitos de conejo. No quería mojarse las pantuflas con verde. Esa hamaca había sido un regalo de cumpleaños para los nueve o los diez. No se acordaba bien; no tenía memoria para los detalles.

Se subió con un último salto y su cuerpo comenzó a moverse por inercia. Cielo, pasto. Pasto, cielo. Era un movimiento fluido, constante. Como el ir y venir del mar.

No recordaba cuando le habían regalado la hamaca, pero si recordaba el mar. El ruido de las olas rompiendo y convirtiéndose en color blanco. Era el mismo sonido de una gaseosa siendo destapada en un verano caluroso. Como los veranos en que jugaba entre las cañas con sus primos. El verano en que escuchó, por primera vez, una mala palabra en labios de otro chico. Esas palabras no se decían. Ellas no las decía. Las había probado frente al espejo del baño. Quería escuchar como sonaban en su voz. Pero nunca las decía frente a alguien.

Todavía podía recordar el malestar que había sentido al escuchar a su primo decir eso que no se decía. La incomodidad de haber sido la única que lo había notado.

Ahora era solo una palabra. Como una ola, o una botella siendo destapada, un sonido, ella hablando sola frente al espejo del baño.

O ella, como el mar, hamacándose en pantuflas después de tantos años desde ese cumpleaños.

Cielo, pasto. Pasto, cielo.

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19 abr. 2018

Somos aliens


- Somos aliens – dijo mi hermana mientras caminábamos por la calle. Las dos nos reímos y de detrás de una camioneta asomó un chico. Nos miró como si realmente estuviera chequeando de que planeta veníamos.

- Somo aliens – le digo a mi hermana mientras remamos y los dos nos reímos.

Tenemos un río a cinco minutos pedaleando y sin embargo nunca nos perteneció. Todos remaron, todos fueron a competencias, crecieron entre esos botes. Todos excepto nosotras. Nosotras eramos chicas. El río era para los varones. Ahora seguimos siendo chicas, pero no tanto. Somos aliens. Por eso nos chocamos con un bote de paseo cuando salimos. Recién a la mitad del río encontramos nuestro ritmo.

-Mira – le digo señalando un pájaro enorme, negro, apoyado sobre una rama que rompe la superficie del río como un rasguño.

-Mira las tortugas – me dice mi hermana señalando la misma rama.

Hay unas diez tortugas tomando sol. Están inquietamente quietas, con el cuello estirado hacía arriba, mirándonos con desdén. No entienden nuestros esfuerzos por movernos río arriba. La velocidad que generan nuestros brazos en cada remada desincronizada les parece inútil.

Ni las tortugas nos entienden.

Ese río no es nuestro. Ellas nos miran a nosotras.

Somos aliens.


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16 abr. 2018

Temporada de tormentas



El noticiero anuncia la temporada de tormentas. En Marte la sequía hace que el aire se vuelva irrespirable y en Júpiter el viento levanta una polvareda que no deja ver donde pisas. Mientras tanto, en el planeta tierra llueve. Los techos gotean y la rítmica caída de las gotas sobre el firmamento adormecen a los leones. El cielo gris cubre todo como una pompa de jabón sucia. Cada vez que un niño la sopla y explota, caen rayos en las selvas tropicales de Vietnam. En las grandes ciudades de Europa las calles están inundadas y, para cruzarlas, los peatones dan vuelta los paraguas y los utilizan como botes.

Sigue lloviendo y el nivel del mar sube, las corrientes se bifurcan. Desde las ventanas no se ven ni la luna ni el sol. Los humanos están librados a su suerte.

Excepto una niña que se ha quedado dormida en la cama de sus padres. Se ha robado el cielo entero de un manotazo y ahora sueña con el sol, la luna y la infinidad de estrellas que titilan. Los gira entre sus dedos; los hace danzar; hace que la noche y el día convivan en un solo parpadeo.

Los del noticiero anuncian que la lluvia va a continuar durante toda la semana. Hablan de probabilidades, chubascos, vientos del sur y nubes. Las personas los escuchan y le creen.

No saben que solo tienen que esperar que la niña despierte y suelte el pequeño universo que lleva escondido entre sus manos.


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10 abr. 2018

Noches de aeropuerto



Durmió con las piernas apoyadas sobre su valija roja y un pañuelo alrededor de sus ojos para evitar la luz. En los aeropuertos nunca anochece. Las luces brillantes te desorientan en esa tierra de nadie entre países, viajes, puntos A y B.

Se levantó varias veces durante la noche. Se desanudaba un poco el pañuelo, chequeaba que no le hubieran robado nada, reacomodaba los huesos a la silla y seguía durmiendo. A las ocho se levantó y se dio cuenta de que la fila de asientos en la que había dormido estaba vacía. Ya se habían ido todos. Hasta el cubano de los pies sucios con el que había hablado la noche anterior. Le había preguntado si escribía canciones.

-Te escuche cantando – le había dicho el cubano y ella se había reído. No escribía canciones, simplemente escribía. Incluso en noches incomodas en aeropuertos lejanos. Aún más en esas noches.

Ahora el cubano ya no estaba y los aviones volvían a volar. Afuera ya no nevaba. Pero si no miraba por la ventana podía pensar que la tormenta continuaba. En los aeropuertos no existe ni la nieve ni el cielo.


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